NOVENTA MINUTOS PARA DEJAR DE PELEARNOS

Por Aníbal Becerra Olvera


Durante años nos convencieron de que México era un país condenado a vivir dividido.
Nos etiquetamos unos a otros. Chairos contra fifís. Izquierda contra derecha. Conservadores contra progresistas. Gobierno contra oposición. Cada discusión en redes sociales parecía una batalla donde lo importante no era convencer, sino destruir al otro.
El país se acostumbró a vivir en bandos.
Pero llegó el Mundial y ocurrió algo que la política lleva años sin conseguir.
Durante noventa minutos dejamos de preguntarnos por quién votó el vecino. Nadie pidió la credencial de militancia antes de celebrar un gol. Nadie preguntó si el que lloraba en la tribuna apoyaba a la presidenta Claudia Sheinbaum o si todavía simpatizaba con la oposición. Simplemente éramos mexicanos.
Y eso tiene un enorme valor.
La Selección Nacional consiguió algo mucho más importante que avanzar de ronda: volvió a recordarnos que existe una identidad nacional capaz de colocarse por encima de las diferencias ideológicas.
Durante semanas desaparecieron los insultos para dar paso a los abrazos. Familias enteras, donde unos defienden al gobierno y otros lo critican, se sentaron frente al mismo televisor con un único objetivo: que México ganara.
El fútbol hizo visible una verdad que con frecuencia olvidamos.
Las diferencias políticas existen y seguirán existiendo porque forman parte de cualquier democracia. Lo preocupante es cuando dejamos que esas diferencias definan nuestra identidad completa, hasta el punto de olvidar que antes de ser simpatizantes de un partido somos ciudadanos del mismo país.
La Selección nos devolvió esa memoria.
Los millones que celebraron cada gol no gritaban por un presidente, por un partido o por una ideología. Gritaban por una bandera.
Quizá por eso la eliminación dolió tanto.
No solo terminó un torneo. También terminó, por un momento, ese raro espacio donde México dejó de discutir para comenzar a encontrarse.
Sería un error pensar que el Mundial resolvió la polarización nacional. No lo hizo. Las diferencias políticas seguirán marcando el debate público y eso es parte natural de una sociedad plural.
Lo extraordinario fue descubrir que, pese a todo, todavía existe algo capaz de unirnos.
La camiseta verde volvió a ser un símbolo compartido. El Himno Nacional volvió a cantarse con orgullo. El escudo dejó de pertenecer a un grupo para convertirse nuevamente en patrimonio de todos.
Tal vez esa sea la mayor enseñanza de esta generación de futbolistas.
Nos recordó que el patriotismo no consiste en pensar igual, sino en querer que al país le vaya bien, incluso cuando pensamos distinto.
México necesita esa lección mucho más allá de las canchas.
Porque si fuimos capaces de abrazarnos después de un gol, también deberíamos ser capaces de debatir sin odio, de discrepar sin descalificar y de construir sin destruir al adversario.
El Mundial terminó.
Pero quizá nos dejó una victoria mucho más importante que cualquier trofeo.
Nos recordó que, por encima de nuestras diferencias, sigue existiendo una palabra que vale más que todas las etiquetas.
México.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *