ENTRE CHOCOLATE, PAN DE MUERTO Y RECUERDOS, PERIODISTAS INAUGURAN SU OFRENDA A LOS QUE YA NO ESTÁN

  • En Hermenegildo Galeana 120, las fotografías de compañeros fallecidos vuelven a reunir a quienes compartieron con ellos la vida, las coberturas y las historias del oficio; porque nadie quiere ser olvidado y, entre los mexicanos, hasta la muerte es motivo para celebrar la vida.

TOLUCA, ESTADO DE MÉXICO.— “Yo le tomé esa foto a Panchito en ese concierto de Jesús Adrián Romero”, recuerda Irma Bravo mientras señala una de las imágenes colocadas en la ofrenda de los periodistas. A su alrededor, las fotografías despiertan historias, provocan sonrisas, humedecen los ojos y, por un momento, hacen que quienes ya se fueron vuelvan a estar presentes.

En las oficinas que abrió el Comité Promotor para la Protección del Periodista en el Estado de México ubicadas en Hermenegildo Galeana número 120, los periodistas inauguraron la tradicional ofrenda dedicada a los compañeros que se han adelantado en el camino. No se trata solamente de colocar flores, veladoras, papel picado y fotografías: es una manera de decirles que siguen aquí, en la memoria de quienes los conocieron, trabajaron con ellos y compartieron las jornadas interminables que exige el periodismo.

Porque, al final, periodistas o no, todos los seres humanos tenemos algo en común: queremos dejar huella, que alguien pronuncie nuestro nombre cuando ya no estemos y que, por lo menos una vez al año, alguien nos recuerde con cariño.

En México, el Día de Muertos ofrece esa oportunidad. La tradición invita a abrir las puertas de la memoria para recibir simbólicamente a quienes partieron, compartir con ellos sus alimentos favoritos y recordar que la ausencia física no necesariamente significa desaparecer de la vida de los demás.

Y los periodistas, acostumbrados a contar las historias de otros, esta vez son protagonistas de una historia profundamente humana.

LAS FOTOGRAFÍAS CUENTAN LO QUE EL TIEMPO NO BORRA

Frente a la ofrenda, cada imagen tiene una historia que contar. Basta detenerse unos segundos para que alguien reconozca un rostro, recuerde una anécdota o evoque un momento que parecía perdido entre los años.

—Ahí están las fotos de tu mamá y tu papá —comenta Lupita a Juan José, mientras señala las imágenes que forman parte del altar.

En otro espacio, Karina identifica la fotografía de Fer Nolasco y comenta que me va a tomar una imagen para enviársela a su hijo. Un gesto sencillo que hoy adquiere otro significado: las fotografías que alguna vez fueron parte de la cotidianidad se convierten en puentes entre el pasado y el presente, entre quienes estuvieron y quienes todavía pueden contar sus historias.

Los comentarios se suceden espontáneamente. Cada rostro convoca una memoria distinta, una cobertura, una conversación, una amistad o alguna de esas experiencias que solamente quienes viven el periodismo pueden comprender.

“Qué bueno que pusieron la foto de Prisco Arciga, Adriana Tavira y Elíseo Lugo; se les extraña”, comentan otros compañeros. Y es que en esa ofrenda están casi todos los que se han adelantado.

Algunos rostros, sin embargo, todavía faltan porque no se encontraron fotografías para colocarlos en el altar. Por eso, la invitación permanece abierta: quien tenga una imagen de algún compañero periodista fallecido y quiera llevarla para incorporarla a la ofrenda será bien recibido.

No importa si la fotografía es reciente o antigua, si fue tomada durante una cobertura, en una fiesta, en una entrevista o en cualquier momento de la vida cotidiana. Lo importante es que ayude a recuperar una historia y a mantener vivo el recuerdo de alguien que formó parte de este gremio.

PORQUE EN MÉXICO LA MUERTE TAMBIÉN ES FIESTA

Pero la ofrenda no es solamente un espacio para la nostalgia. También es un punto de encuentro, una celebración de la vida y una oportunidad para volver a compartir aquello que, en muchas ocasiones, el trabajo diario no permite: el tiempo, la conversación y la convivencia entre colegas.

En torno al altar hay chocolate caliente, pan de muerto —las tradicionales hojaldras—, calaveritas de chocolate, café, agua y refrescos. Hay alimentos para compartir y, sobre todo, historias que no aparecen en los archivos de los periódicos ni en las publicaciones de las redes sociales.

Porque los periodistas también saben reír, recordar las anécdotas de una cobertura complicada, contar cómo consiguieron una fotografía extraordinaria o rememorar las ocurrencias de aquel compañero que siempre encontraba la manera de convertir una jornada agotadora en un momento divertido.

Entre sorbos de café y pedazos de pan de muerto, las conversaciones transitan de la nostalgia a la felicidad, efímera, pequeña, pero felicidad.

Alguien recuerda una aventura profesional; otro completa la historia, corrige un detalle o agrega un episodio que los demás habían olvidado.

Así funciona la memoria colectiva: una persona comienza a contar y otras ayudan a reconstruir la historia. De pronto, el ausente vuelve a ocupar su lugar en la conversación.

Esa es también una de las formas más mexicanas de enfrentar la muerte. No únicamente con solemnidad o tristeza, sino con comida, música, reuniones, relatos y afecto. La muerte se reconoce como parte de la existencia, pero no se le concede la última palabra: la vida continúa en los recuerdos, en las amistades y en las historias que seguimos compartiendo.

QUE NADIE SE QUEDE SIN UN LUGAR EN LA MEMORIA

La ofrenda de los periodistas promovida por el Comité Promotor para la Protección del Periodista en el Estado de México tiene un significado que va más allá de la tradición de estos días. Es un reconocimiento a quienes compartieron una profesión que, con frecuencia, exige más horas de las que permite el reloj, recorridos imprevistos, coberturas difíciles y una convivencia que termina construyendo vínculos más allá de las redacciones.

También es una invitación a detenerse y reconocer que, detrás de cada nombre y cada fotografía, hubo una persona con familia, amigos, sueños, preocupaciones y una historia irrepetible.

Por eso, mientras las veladoras iluminan los retratos y el aroma del chocolate caliente se mezcla con el del pan de muerto, los periodistas vuelven a encontrarse alrededor de sus amigos ausentes.

No todos pudieron despedirse como hubieran querido. No todas las historias quedaron escritas. No todas las fotografías se conservaron. Pero todavía es posible hacer algo: pronunciar sus nombres, compartir sus anécdotas y abrir un espacio para que su recuerdo no se pierda.

La invitación está hecha para quienes tengan una fotografía de algún compañero periodista fallecido y deseen sumarla a la ofrenda. Cada imagen será bienvenida porque, en este altar, nadie debería quedarse sin un lugar.

Al final, quizá eso sea lo que todos buscamos, sin importar el oficio que desempeñemos: que cuando llegue el momento de partir, alguien nos recuerde, cuente alguna de nuestras historias y sonría al pronunciar nuestro nombre.

Y que, año tras año, cuando se acerque el Día de Muertos, haya una fotografía, una taza de chocolate, un pedazo de hojaldra y un grupo de amigos dispuestos a decir:

“Aquí seguimos, compañero. No te olvidamos”.

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